El crimen contra Miguel Uribe Turbay no es un hecho menor ni puede, por ningún motivo, normalizarse como aislado en la convulsión política activada con la campaña presidencial. No debe pasar como una pérdida de un ciudadano o un político más al que ya viene acostumbrado el país. El senador y precandidato presidencial Uribe Turbay representaba juventud, esperanza de una nueva generación política y los ideales de un partido sólido donde era una de las figuras con mayores posibilidades a ser el candidato oficial para el regreso de la derecha a la presidencia de la República.
Un dolor irreparable para su familia y el país. Un golpe profundo para el Centro Democrático que pierde un gran político, compañero y amigo. Y una alerta roja para una campaña que apertura dolorosamente con el asesinato de un joven que sufrió desde niño la violencia política con la la eliminación física a varios miembros de su familia. Hoy le tocó a él.
El país está hastiado e incrédulo de condolencias y comunicados envejecidos pidiendo calma cuando se alimenta el odio desde los pasillos, en los cócteles y en las redes sociales. Cuando se defienden y protegen a estructuras criminales y se señala y expone a líderes y detractores ideológicos para luego transar su vida a quién sabe qué precio.
Colombia está hastiada de ver pasar la muerte como si nada, de los asesinos reírse en la cara de sus víctimas, y de la justicia que arropa autores intelectuales con lentitud e impunidad. Del silencio ciudadano que también aporta a la normalización delictiva y de odio.
Se necesitan hechos puntuales desde el presidente Petro hacia abajo. Hechos que cambien un camino marcado por la confrontación, la división y la culpa al otro. Que den tranquilidad y muestren voluntad de proteger la vida y respetar las ideas.
No se puede seguir adulando liderazgos juzgadores y aplastantes de oponentes en plazas públicas que legitiman violencias y pulsan debates para aflorar los más bajos instintos de una sociedad intolerante donde pesa más el discurso quimérico que la realidad y el respeto por la vida. Ojalá el presidente y quienes agitan desde las vísceras las banderas políticas; estén a la altura de las circunstancias y puedan, de ahora en adelante, bajar las armas de las rivalidades para instaurar el mensaje de que no haya ni una muerte más por ideología.
El crimen de Uribe Turbay tiene que sacudir las conciencias y obligar a reflexionar sobre la forma en la que se está replanteando la política y el poder, porque no puede ser que el jefe de despacho presidencial, con frescura, salga a decir que: “toda actividad política tiene un riesgo”.
Olvidada que hay riesgos previsibles, que no se pueden comparar con “montar en bicicleta”. El Gobierno conocía que Miguel Uribe rogó por su seguridad y minimizó sus llamados.
Saade debe enterarse (lo dijo un juez) que hay una responsabilidad del Estado en el atentado a Miguel.
La muerte de Miguel Uribe Turbay será la sombra más grande que cubra y persiga al Gobierno Petro., por la incapacidad de protegerlo y por los señalamientos duros que hizo contra él en los días previos al atentado. Una carga de odio desde el poder que alimentó ataques contra el joven político y que siguen utilizando de manera mezquina, hoy después de su muerte, para justificar tal atrocidad. Así de enferma está la sociedad colombiana y de moribunda la libertad para hacer política.
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