La candidatura presidencial de Iván Cepeda despertó temor en sectores de centro-derecha
y una espectativa dentro de la misma izquierda colombiana. Su trayectoria política y
vínculos históricos a movimientos guerrilleros le han otorgado peso en esa franja ideológica,
pero también han suscitado gran temor en otras masas de ciudadanos que buscan
incansablemente alejarse de la polarización ideológica.
Por los últimos acontecimientos de violencia en el país, muchos se preguntan: ¿Cómo
quieren los sectores afines al gobierno abogar por “bajar la radicalización” y acto seguido
celebran la candidatura de quien ven más radical para enfrentar la campaña presidencial?
¿Cómo puede verse con indulgencia una candidatura que no reprocha el actuar de grupos
terroristas que no muestran voluntad de paz y siguen delinquiendo desde los privilegios que
les ha otorgado el gobierno?
Cepeda, abiertamente y retador, se presenta como la prolongación del proyecto político de
Gustavo Petro. Pero ¿cuál proyecto? ¿El que deja un país en llamas, con violencia
descontrolada y generalizada en todo el territorio, ataques terroristas en campos y ciudades,
recorte abismal de subsidios educativos, muerte de líderes sociales y obvia la eliminación
política de la oposición? ¿Ese proyecto político que acaba la imparcialidad institucional, que
no respeta la separación de poderes, practica la burocracia, el autoritarismo, esconde
corruptos y enaltece a quienes ejercen violencia desde la impunidad?.
Tal vez sea difícil que las mayorías en las urnas se inclinen por perpetuar un proyecto
ideológico en el cual se sienten inseguros y al que desaprueban en un 72% (Invamer) su
estrategia de “paz total”; que ya pasó como el mayor fracaso del Gobierno.
El legado que Cepeda quiere alargar es el de unas cifras en rojo con líderes sociales
asesinados (157 en 2024), amenazas, secuestros (338 en 2023) y departamentos enteros
sitiados y doblegados por grupos narcotraficantes y guerrilleros.
Un retroceso tangible en materia de subsidios y educación. Un proyecto político con un
pacto de criminales, de altos déficits fiscales y una percepción ciudadana negativa y
pesimista sobre su gestión y el futuro de Colombia.
Que el Pacto Histórico, en cabeza del hoy senador Iván Cepeda, pretenda continuar con
entusiasmo otros cuatro años más de fracaso sin siquiera autocriticarse, es por lo menos
alarmante, más cuando el rostro de quien se perfila para suceder el poder es el de un
hombre de ultra izquierda, resentido, vengativo e insensible frente a los daños físicos y
morales que ha sufrido el país a manos de quienes apadrinan sus propuestas y visiones
radicales.
No habrá un cambio transformador, es la continuidad de un proyecto que quiere sacarse las
espinas con la mano del odio político y el discurso de La Paz. Para el Pacto Histórico, Iván
Cepeda, fue su mejor carta, pero paradójicamente para la derecha también lo es. Bastará
conectar su hoja de vida con quienes han infligido dolor a toda Colombia para rechazar su
pretensión.
Hasta Daniel Quintero, su copartidario, está asustado, no por el grado de maldad que
representa -al fin son iguales-, sino por los egos y la carnicería que reinan en el partido de
los influencers, bachilleres y procriminales. Por imponerse la corona del más ácido y
vengativo contra sus opositores.
Colombia no resiste un relevo entre quienes representan el caos. ¿De M19 a FARC?.


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