En las páginas de la historia colombiana se abrirá un capítulo penoso con el nombre de Laura Sarabia; una mujer silenciosa, criticada por sus compañeros de gabinete y cuestionada por los secretos que guardó de los escándalos más grandes del gobierno Petro; que le dieron más fama que los cargos que ocupó.
Sus deseos se concedían en Palacio a pedir de boca y sus órdenes se cumplían sin chistar, con el mismo silencio que guardaba los secretos presidenciales y con la rapidez de sus ascensos. Igual que la imagen de su jefe, su poder desproporcionado se erosionó con peleas internas, campañas petristas en contra, y el hastío del presidente, a quien pasó de hablarle al oído a escribirle mensajes secos sobre las gestiones que cumplía.
La ‘todo poderosa’ comenzó a marcar puntos bajos en su carrera a raíz del caso del polígrafo a su niñera, que terminó con el “suicidio” del coronel Óscar Dávila, encargado de seguridad en Casa de Nariño, y continuó con una excluyente agenda presidencial, manejaba a su total antojo, según sus afinidades personales e intereses laborales. Su estilo fracturó el equipo de gobierno y le mereció un aislamiento decoroso de palacio. ¡Una patada con mejor cargo pero a metros!
Llegaron las cizañas, los reclamos y las desautorizaciones. Petro endureció su tono, le quitó poder y se sumó hábilmente a la corrida de butaca que le hicieron Rodríguez, Benedetti y Saade.
Sarabia no soportó y renunció. Con ella se van los secretos que, con un poco de ética de su parte, pudieron haber cambiado el rumbo de grandes investigaciones y por qué no del país.
Su salida tardía no entristece a nadie, jamás rindió cuentas al Congreso ni al resto de colombianos. Fue una mujer incómoda dentro y fuera de su línea ideológica; a la que hicieron responsable de aislar al presidente de su equipo y bases sociales. A la que millones de colombianos le pidieron dejar de encubrir los delitos del presidente. No hizo nada. Sus silencios seguirán siendo cómplices del mal gobierno que defendió.
Laura se lleva algo más que secretos; el peso de la cobardía, y el desengaño de su jefe.
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